No soy mi profesión: mi valor está en quién soy, no en lo que hago
Hola, mujeres 🦋. Hoy quiero compartirles sobre un tema más profundo, diferente al de mi último artículo.
Aprovechando que hoy, lunes 22 de junio, se celebra el día del abogado, quiero escribirles en esta oportunidad sobre una de las lecciones más importantes que he aprendido hasta ahora: no soy mi profesión. Por lo tanto, mi valor no está en lo que hago, sino en lo que soy.
Es decir, mi valor como mujer no está en el éxito que tenga como abogada en Francia, o en cuánto dinero gane al mes. Soy valiosa por algo mucho más significativo.
Esto lo aprendí enfrentándome a una decisión de vida muy importante.
Una vez nació mi primera hija, sentí el deseo hacerme cargo de ella mientras fuese bebé. Es decir, de no delegar su cuidado en manos de una niñera o de una crèche. Pero, en ese momento, estaba también en el mejor momento de mi carrera. ¡Tremendo dilema!
Ese deseo surgió justo cuando, a mis 30 años, había logrado homologar mi título de abogada en Francia (todo mientras estuve embarazada), y estaba haciendo entrevistas para ganarme un muy buen empleo como abogada y con un muy buen salario en París.
Y, para darles un poco de contexto, esa oportunidad no había llegado sin sacrificio. Había trabajado duro y durante varios años preparándome para cuando llegara ese momento:
- Había obtenido mi maestría en la Universidad de Paris 1 y me había graduado de un segundo posgrado en Paris 2 (mientras que trabajé al tiempo como niñera, mesera, haciendo y vendiendo helados, limpiando cocina en un restaurante)
- Había sido pasante en el Consejo de Estado de Francia (después de un proceso de selección muy competitivo)
- Había luchado y ganado un CDI (contrato a término indefinido) como jurista en una firma de abogados en París
- Había ganado mi primer caso ante 3 tribunales administrativos diferentes del país (mi jefe firmaba; yo investigaba, pensaba, redactaba y enviaba)
Es decir, al fin había cumplido el “sueño francés” que algunos profesionales tienen cuando llegan aquí: poder ejercer su profesión calificada en Francia.
Pero, mi bebé nació y cambió algo en mí. Ya no vi en ejercer como abogada en Francia mi objetivo de vida principal. Quería ser mamá a tiempo completo por una temporada.
Ese deseo hizo un corto circuito en mi cabeza. Por que sí, muchas veces fui esa persona que juzgaba: “terrible una mujer solo en la casa criando hijos”. Veía en esa opción de vida lo totalmente opuesto a quien yo era: una mujer con objetivos altos, un par de diplomas y con renglones interesantes dentro de su hoja de vida. Es decir, pensaba que las mujeres que eran mamás a tiempo completo carecían de ambición en la vida.
Sin embargo, un libro, mi experiencia cuidando a un bebé de 6 meses y mi fe clarificaron en mi cabeza qué decisión era la que yo quería tomar.
El libro que recomiendo sobre este tema
“Being there: why Prioritizing motherhood in the First Three Years Matters”, de la psicoanalista estadounidense Erica Komisar[1], es un libro que recomiendo mucho, especialmente a las mujeres que ejercen carreras altamente demandantes (muchas horas de trabajo a la semana, viajes constantes).
En él la Doctora Komisar describe, principalmente, pero sin ser lo único, la importancia de la presencia física y emocional de la madre en los 3 primeros años de vida de su bebé.
Sin embargo, la autora también responde preguntas interesantes como:
- ¿Cuáles son las consideraciones sobre la relación individual con su mamá que toda mujer que quisiera tener hijos debería hacerse antes de tenerlos?
- ¿Cuáles son los tres (3) tipos de desórdenes de apego que puede desarrollar un bebé?
- ¿A quién delegar el cuidado de un hijo si su madre no puede hacerlo durante sus tres (3) primeros años de vida?
- ¿Son buenas las guarderías?
(entre otras)
Uno de los puntos de vista que más me llamó la atención de la Doctora Komisar fue el que ella piensa que las mujeres podemos hacerlo todo, pero no al mismo tiempo.
Es decir, cuando ponemos toda nuestra energía en conseguir cosas (una carrera exitosa y bienes materiales) nos alejamos de lo más importante de la vida: estar presentes.
El éxito profesional y el dinero, aunque nos permitan adquirir más cosas, no nos ayudan a estar más presentes para quienes realmente importan: nuestros hijos, nuestros esposos, nuestros seres queridos y nuestros amigos.
La verdadera cercanía requiere tiempo; cuando renunciamos al papel de cuidador principal, también renunciamos a una parte de la conexión física y emocional que queremos construir con nuestros hijos.
“(…) Alguien dijo una vez con gran sabiduría: «Cuando tus hijos cumplen dieciocho años, son ellos quienes deciden si quieren conocerte». Y eso depende en gran medida de la relación que hayas construido con ellos cuando eran pequeños.
También es cierto que la vida no es lineal, y que las aventuras más interesantes ocurren cuando te apartas de los caminos ya conocidos. Mi hermana mayor (que también es psicoanalista) solía perderse deliberadamente con el coche para intentar encontrar rutas alternativas de regreso a casa. Creo que esta es una buena analogía de la vida y un mejor modelo para encontrar la combinación adecuada de satisfacción personal y profesional, según nuestros propios términos.
Pienso en mujeres como la congresista Nita Lowey, quien dijo: «Puedes tener muchas carreras a lo largo de tu vida… Yo me quedé en casa para criar a mis hijos hasta que el menor cumplió nueve años, y después me dediqué al servicio público». Elegida para el Congreso en 1988, seguía representando al estado de New York en el momento de la publicación de este libro. (…)”
(Komisar, 2017, p.189).
La experiencia que me permitió ver la teoría aplicada
Todos tomamos decisiones basados en nuestras experiencias. La que tuve yo como niñera de un bebé de 6 meses me permitió confirmar ese pensamiento de Erica Komisar.
En 2019, una familia me contrató para cuidar de su hijo en las tardes, de 16h30-19h. El bebé estaba en la crèche el resto del día. Es decir, de 8h30-16h30. Con este bebé tuvimos una relación muy bonita. Si bien yo solo fui su niñera, pasamos muchos momentos únicos. La celebración de su 1er cumpleaños fue uno de esos días especiales.
Mi trabajo con esa familia duró casi 1 año. Al final de mi tiempo con ellos, algo que me impactaba, y me daba hasta temor con la mamá del bebé, era que el niño no quería ir a donde su mamá cuando ella llegaba en las noches al apartamento. Podíamos estar el y yo jugando en la sala, y él no se alegraba porque llegara su mamá. Es más, su mamá lo llamaba por su nombre y le abría los brazos y el niño se sentaba en mis piernas. Yo me sentía en esos momentos súper incómoda. No quería que la mamá me cogiera bronca. Necesitaba el trabajo.
Esa escena, repetida durante varias noches al final de mi jornada de babysitting, marcó mi corazón. Una parte de mí sentía mucho pesar y compasión por esa mamá.
La verdad que me hizo libre para decidir
El concluir años después de esa experiencia como niñera que no soy mi profesión no fue un proceso fácil. Pero, mi fe es esencial para recordar dónde radica mi identidad.
“Pero cuando se cumplió el plazo, Dios envió a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la Ley, para rescatar a los que estaban bajo la Ley, a fin de que fuéramos adoptados como hijos. Ustedes ya son hijos. Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama: «¡Abba! ¡Padre!». Así que ya no eres esclavo, sino hijo; y como eres hijo, Dios te ha hecho también heredero.”
Gálatas 4: 4-7
Mi identidad no se define por mis éxitos o fracasos, mi profesión, mi situación económica, mi pasado, ni siquiera por la opinión que otros tengan. Soy hija amada de Dios. No soy mi profesión.
Hacer mía esta verdad me da libertad, por las siguientes razones:
En primer lugar, me quita de encima el peso del “qué dirán” mis otros colegas, mis seres queridos, la sociedad, otras mujeres, etc.
En segundo lugar, el ser consciente de que mi valor no lo define mi profesión, me permite tomar la decisión de si quiero o no poner en pausa proyectos profesionales mientras trabajo y hago realidad sueños familiares.
En tercer lugar, el interiorizar que mi valor como mujer no depende de qué tan exitosa soy en mi profesión, me permite ver la vida laboral como una maratón (un proyecto que es de largo plazo y que tiene momentos de alta y de baja intensidad), y no como un sprint (un proyecto de corto plazo que me demanda presencia inmediata e ininterrumpida).
Y, por último, poner mi carrera profesional en el lugar adecuado dentro de mis prioridades, me permite ser ambiciosa también en otras dimensiones de mi vida (algo parecido a lo que dicen de profesionales altamente exitosos como Cristiano Ronaldo 😉. Mira el video de aquí, abajo).
Sobre “el privilegio” …
Muchas mujeres no pueden tomar esta decisión de si cuidan o no a tiempo completo a sus hijos.
Son madres solteras, divorciadas o son madres casadas cuyo ingreso familiar no es suficiente para pagar todas las cuentas.
También sé de mamás casadas que no cuentan con el apoyo de su esposo para tomar esta decisión como matrimonio.
No soy ignorante de esas situaciones. Te veo.
Y algo que me gustaría mencionar sobre este punto es que yo no tomé esta decisión con dinero de sobra en mi bolsillo. No soy millonaria. No estamos nadando en dinero.
De hecho, mes a mes hacemos sacrificios como familia para permitirnos tener a nuestras dos hijas en casa.
Mi vida tampoco es perfecta porque al final haya tomado esta decisión.
El día a día con nuestras hijas es trabajo duro (desmeritado por muchos), repetitivo y sin descanso. Especialmente porque soy mamá migrante.
Pero, ese fue el difícil que escogí. Elegí el estar presente para mis hijas.
Y el fruto de esa decisión, tanto en ellas como en mí, ha sido muy bueno.
Por eso pienso que quienes hemos decidido escuchar ese instinto de priorizar a nuestros hijos en sus primeros años de vida, teniendo los diplomas y las grandes oportunidades profesionales tocando la puerta, debemos compartir a otras mujeres al respecto y no verlo como algo vergonzoso o que nos hace menos valiosas.
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[1] En español, el título de este libro podría traducirse: “Estar ahí: por qué es importante priorizar la maternidad en los primeros tres años”.
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